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En un maldito lugar de La Mancha

  • José Juan Picos
  • 5 feb 2017
  • 2 Min. de lectura

¿Tan terrible fue aquel lugar para que Cervantes no quisiera acordarse de su nombre? Madrid, 1569. Annus horribilis para el Señor del Mundo, Felipe II, dueño del mayor imperio que hayan visto los siglos. Sus Tercios luchan contra los luteranos en Flandes, contra los moriscos en Granada y contra los ingleses en el océano. Pero hay otra guerra, subterránea y desconocida, que amenaza con destruir su imperio. Sancho Albarrán, alias Panza, agente de la organización secreta La Espada de Dios, entra un día de otoño en la Cárcel Vieja de Madrid. Busca a un joven poeta detenido por batirse en duelo: Miguel de Cervantes. Va reflexionando sobre su oscuro y terrible cometido: "Nosotros cargamos con el terror del Mundo, igual que el Cristo cargó con sus pecados. No somos verdugos, ni espías, ni soldados. Somos esponjas del pánico, redentores del horror… Somos Mesías del Miedo. Somos La Espada de Dios". Felipe II le ofrece a Cervantes el indulto a cambio de que acompañe a Sancho en una insólita misión: detener a Alonso Quijano, empeñado en una venganza personal contra los Egregores, los señores de las sombras que amenazan con añadir otra guerra –la peor de ellas– a las muchas que ya libran los Tercios de Castilla. La particular cruzada del caballero pone en peligro a todo el Imperio y, con él, a la raza humana. Con la ayuda de aquel preso y con la de ese hidalgo que nació desterrado de tiempos más nobles, Sancho se enfrentará a los peores miedos de una época que ilumina la oscuridad del mundo con las primeras luces de la razón, pero indefensa ante un espanto que ya era viejo cuando Dios se orinaba en los pañales. En los corredores del Alcázar Real, en los espejismos de un fumadero de hachís del Puente de Segovia o en los llanos de La Mancha, Alonso, Miguel y Sancho se las verán con brucolacas, satirynces, súcubos y cinocéfalos, pero también con espías luteranos, cortesanos intrigantes y sicarios renegados. La conciencia de una amenaza inhumana, desconocida para el resto del mundo, hará surgir entre ellos una estrecha camaradería. Esa amistad será su mejor defensa contra el insospechado y angustioso desenlace al que se verán abocados. Ahí serán puestos a prueba el honor del caballero, el desenfado valiente del poeta y el cinismo del veterano agente. Sea como sea, y tal como afirma Sancho: "Acabamos pidiendo clemencia a nuestras memorias para olvidar un maldito lugar de cuyo nombre ninguno queremos acordarnos…".

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